Friday, July 21, 2006

¿Es normal lo que pasa?

Por: Otto Granados Roldán Viernes 21 de Julio de 2006 | Hora de publicación: 02:15

Última parte

Los sectores menos sofisticados de quienes opinan en los medios de comunicación afirman que el comportamiento de Amlo no sólo es natural sino también obligado y que no tendrá consecuencia alguna. Dicha percepción, en realidad, es muy reveladora de dos de los problemas estructurales más importantes de la vida política mexicana que son una baja valoración de la legitimidad como fuente de confianza y credibilidad en los asuntos públicos y la ausencia de una ciudadanía de alta intensidad.

Más allá de los procesos electorales que otorgan al mandato de los gobernantes una legalidad formal y una legitimidad de origen, la posibilidad de que las democracias tempranas se consoliden depende, entre otras cosas, de que exista también una legitimidad ejercida (y ganada) a lo largo del tiempo por quienes han recibido un mandato popular, a partir de su desempeño y de los niveles de aprobación que su gestión reciba. Unos de los exámenes de dicha legitimidad pueden ser ciertos mecanismos constitucionales como el referéndum, pero el otro es la confianza que la ciudadanía deposita en sus instituciones públicas y ésta depende, en buena medida, de que los actores políticos respeten no solo la ley sino también las reglas del juego. Esto es, justamente, lo que Amlo no ha hecho en lo absoluto, e, incluso, ha incentivado a romper.

Al acusar y condenar con un ruidoso nivel de virulencia verbal y sin prueba alguna a prácticamente todo el resto de los actores e instituciones —presidencia de la República, autoridad electoral, adversarios partidistas, medios de comunicación, ciudadanos encargados de la organización electoral, empresarios, etc.—, Amlo no solo se retrata a sí mismo —y es libre de hacerlo— sino que también introduce gérmenes destructivos al proceso de maduración de la democracia mexicana, pues su conducta mina la confianza que los ciudadanos deben tener en sus instituciones y, en general, en la política.

Los líderes políticos profesionales tienen, en ese sentido, una doble obligación; de un lado, pedagógica y, de otro, de la urbanidad con aceptar entrar al juego. Los calificativos de Amlo —“delincuentes”, “traidores”, etc.— contra quienes supone que son sus adversarios o su justificación de las agresiones físicas a Calderón evidencian la inestabilidad emocional por la que atraviesa y son profundamente irresponsables. Pero, como bien dice el editorial de Los Angeles Times del siete de julio, dañan seriamente su propia causa: “López Obrador estaría calculando mal si reacciona a los resultados electorales como si el país no hubiera cambiado nada en los últimos 20 años. Si López Obrador no respeta las reglas de la democracia, él mismo corre el riesgo de convertirse en el fraude más grande de esta elección”.

¿Alguien se imagina a Michelle Bachelet, la presidenta de Chile, llamando “pinochetista” a su contrincante Sebastián Piñeira? ¿A Schroeder calificando de “nazi” a Angela Merkel? ¿A Zapatero tildando de “franquista” a Rajoy, a Gore acusando de “racista” a Bush, a Ottón Solís condenando como “ladrón” a Oscar Arias en Costa Rica, e incluso al frívolo Berlusconi tachando de “fascista” a Prodi? Por supuesto que no. En otras palabras, si en una política civilizada hay reglas y límites, la transgresión contumaz de López Obrador perjudica a la propia democracia a cuyo nombre dice actuar, y es una invitación a actuar fuera de las reglas del juego, uno de los supuestos, por cierto, más corrosivos para una democracia incipiente.

El tercer problema producido por el drama personal de López es que contribuye a anular —o por la menos inhibe— las posibilidades de que México tenga, en un sentido amplio, una ciudadanía de alta intensidad, es decir, una ciudadanía que respeta los valores democráticos, cumple la ley y encuentra incentivos dentro y no fuera del marco acordado.
Todos los estudios de opinión muestran que ésta es una de las principales debilidades de la cultura política mexicana y los datos son reveladores: la proporción de ciudadanos que apoya a la democracia como sistema alcanza el 59% pero quienes dicen estar satisfechos con ella son solo el 24%; la evaluación que los mexicanos hacen de su democracia, en una escala de 1 a 10 y a pesar de la alternancia, es de apenas 5.1; únicamente el 22% cree que las elecciones son limpias pero el 64% opina que su voto es eficaz; un 41% de los mexicanos declara que no le “importaría” que un gobierno no democrático llegara al poder si eso le resuelve sus problemas económicos; sólo un 25% de los ciudadanos afirma que debe cumplirse la ley, con independencia de la opinión que se tenga sobre ella; el 54% declara que las leyes en México se usan para defender a la gente que tiene poder o como pretexto para cometer arbitrariedades; y el 48% aprueba que un funcionario se aproveche ilegalmente de su cargo “siempre y cuando haga cosas buenas”. (Fuentes: Latinobarómetro y ENCUP).

Pues bien, el llamado de Amlo a salirse del marco legal y político establecido, a mentir deliberadamente y a no respetar valores cívicos mínimos, profundiza precisamente ese déficit ciudadano que gravita en contra de un desarrollo político maduro y sostenible, entre otras cosas porque, como advierte Guillermo O´Donnell, este tipo de casos genera un efecto disolvente que se expresa en pérdida de credibilidad en las instituciones, baja confianza interpersonal, escasa valoración de actores, desencanto democrático o predilección por el autoritarismo. Que en este contexto los fanáticos de López se conduzcan de manera casi demencial, es explicable. Pero que una buena parte de las reacciones de estas semanas por parte de gente ocasionalmente sensata sea de una franca irracionalidad, es alarmante y retrata bien el efecto corrosivo descrito por O´Donnell.

De persistir Amlo en su violencia verbal y política le habrá hecho un enorme daño a su movimiento, a la competitividad de su partido, a los esfuerzos de consolidación de la democracia mexicana y de la cultura cívica
, pero no, por supuesto, a diferencia de lo que piensa la nomenclatura de Amlo, a la estabilidad política y económica del país, como lo muestran todos los indicadores, ni constituye desde luego una crisis nacional, como es evidente en cuanto se sale de la ciudad de México.

Plantea, en todo caso, nuevos desafíos para mejorar la gobernabilidad, aumentar la tolerancia, buscar alianzas más diversas e incluyentes, regresar a los temas de la agenda nacional que verdaderamente le importan a la gente, y le abre a Calderón, paradójicamente, un margen de maniobra mucho más amplio para construir una coalición política en torno a valores democráticos aceptados por todos, a una agenda de centro que contraste con la opción violenta, a nuevas reglas del juego y a acuerdos políticos más eficaces con el arco partidista y parlamentario civilizado. La mejor forma que la ciudadanía tiene de responder a la política de la frustración y el rencor es actuando con hábitos democráticos, con escrupuloso apego a la ley y con respeto a las instituciones.

http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=252280