¿Es normal lo que pasa?
¿Es normal lo que pasa?
Por: Otto Granados Roldán
Jueves 20 de Julio de 2006 | Hora de publicación: 01:40
(Primera de dos partes)
Hace un par de meses, durante un seminario sobre normalidad democrática celebrado en Madrid, un prestigiado científico social recordaba cómo, durante los primeros años de la transición española, cuando los gobernantes empezaron a recurrir a encuestadores, alguno de éstos pretendió erigirse en “estratega” hasta que el presidente del gobierno en turno lo paró en seco y, con una pizca de desprecio, le espetó: “usted está sólo para decirme cómo viene el agua que, de política, no tiene ni puñetera idea”. Por supuesto, el “pollster” se limitó a tomar el pulso de la calle y el político ganó varias elecciones.
La anécdota viene al caso porque entre los accidentes de la alternancia mexicana y como muestra del clima prevaleciente de mediocridad intelectual, algunos locutores, declarantes y encuestadores se han vuelto intérpretes de una realidad social, electoral y política que rara vez entienden, que explican mal y, por lo cual, en lugar de aclarar las cosas contribuyen alegremente a la enorme confusión respecto de lo que pasa en México por estos días.
En efecto, una parte de quienes se dedican a hacer encuestas en México tienen al parecer conocimientos estadísticos o matemáticos pero, con las excepciones de rigor, su entendimiento de la ciencia política, de la sociología o, al menos, de la historia de las transiciones de regímenes autoritarios a democracias tempranas en diversas partes del mundo es equivalente al que la Madre Teresa tenía acerca de las mafias de Nueva York. De allí que con total desparpajo algunos afirmen que el griterío de AMLO tras la elección del 2 de julio es “normal” y hasta “obligado”, cuando en verdad, si miraran el episodio con un poco más de rigor y cierta sofisticación intelectual, coincidirían en que se trata de un comportamiento lesivo para la democracia, para la credibilidad política y para la confianza de la ciudadanía en las instituciones públicas. Pongamos el asunto en un contexto apropiado.
La historia es conocida: el ex candidato del PRD ha decidido impugnar la elección ante el tribunal federal solicitando un recuento total de los votos y, en su caso, la declaración de invalidez de los comicios. Hasta allí el movimiento es no sólo perfectamente legal sino plausible en la medida en que, a diferencia del pasado cercano y lejano, las inconformidades electorales pueden procesarse dentro del marco legal e institucional establecido.
Pero, al mismo tiempo, dicho ex candidato ha montado una estrategia de presión con la finalidad de, por un lado, fabricar un claro clima de intimidación hacia los magistrados del tribunal que se constituya en un factor de presión en las decisiones que tomen y, por otro, manipular a sus bases partidistas mediante un discurso agresivo y radical, siempre útil en la arraigada tradición del machismo político mexicano. Las preguntas pertinentes son, por tanto, tres: la estrategia del candidato derrotado ¿es eficaz para los intereses de mediano y largo plazo de la izquierda partidista? ¿fortalece o debilita la legitimidad de los procesos políticos?, y ¿mina o incrementa el papel de la cultura política en la consolidación democrática e institucional? Veamos.
Se ha escrito hasta la saciedad que una de las razones más importante del fracaso electoral de Amlo fue justamente el haber decapitado no sólo a sus principales mentores políticos sino también a quienes formaban la estructura relativamente avezada de operación electoral y política del PRD, integrada por los dirigentes originales de esa formación y por sus tribus concomitantes.
A cambio, López reunió un equipo paralelo compuesto, por una parte, por ex priistas con poca experiencia de éxito electoral (salvo uno, todos han perdido en elecciones y en competencias políticas), y, por otra, con algunos incondicionales del ala más primitiva de su partido. La conclusión es que, por lo visto, las redes ciudadanas no funcionaron, su representación ante las casillas apenas superó el 60% en todo el territorio, la capacitación electoral fue nula, los estudios de opinión con que trabajaron fueron por lo menos engañosos y la llamada estrategia política brilló por su ausencia. En suma: el apreciable resultado electoral de López y su equipo fue, sin duda, a pesar de sí mismos.
Pero el dilema al que ahora se enfrenta el PRD es cómo traducir ese caudal de votos —el mejor desde su fundación— en un capital político permanente que asegure, por vías no caudillistas, su eficacia y su peso como segunda fuerza; es decir, cómo institucionalizar su competitividad como lo han hecho históricamente el PRI —en sus buenos tiempos— y ahora el PAN. La táctica de López gravita justamente en un sentido contrario y puede ser letal para el propio PRD. ¿Por qué? Primero: una vez que el Trife confirme, como parece, el triunfo de Calderón, la izquierda resentida con López empezará a cobrarle las cuentas de la derrota, alentará una purga al interior del partido (iniciando con los externos), y la lucha por el poder, en la mejor tradición estalinista, va a ser brutal, entre otras cosas porque las fuentes de poder se trasladarán del candidato vencido al nuevo gobierno del DF, a los gobiernos estatales de extracción perredista (ninguno realmente afín a López) y a las bancadas parlamentarias.
La segunda razón es que la percepción de violencia largamente asociada al PRD se ha agudizado ahora y en una operación de limpieza la figura de López es por completo disfuncional.
En tercer lugar, el PRD, si quiere aprovechar su situación política actual, tiene que reconstruir sus relaciones y alianzas económicas, políticas y sociales, ahora profundamente deterioradas a consecuencia de las sistemáticas agresiones de López contra de esos factores reales de poder.
Y la cuarta es que, tras el desastre programático de la campaña, debiera quedarles claro que una izquierda que funcione tiene que ser una izquierda moderna, civilizada y democrática. Las encuestas más recientes indican que, para el interés de largo plazo del PRD, Amlo se ha convertido ya en un pesado lastre.
Por otra parte, la violenta reacción del ex candidato del PRD, explicable psicológicamente pero fuera de toda proporción democrática y de sentido común, ¿afecta la legitimidad deseable de los procesos políticos y daña la creación de una cultura cívica y política moderna y funcional en México? La respuesta es necesariamente afirmativa y mañana examinaré porqué.
otto.granados@itesm.mx
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=252103
Por: Otto Granados Roldán
Jueves 20 de Julio de 2006 | Hora de publicación: 01:40
(Primera de dos partes)
Hace un par de meses, durante un seminario sobre normalidad democrática celebrado en Madrid, un prestigiado científico social recordaba cómo, durante los primeros años de la transición española, cuando los gobernantes empezaron a recurrir a encuestadores, alguno de éstos pretendió erigirse en “estratega” hasta que el presidente del gobierno en turno lo paró en seco y, con una pizca de desprecio, le espetó: “usted está sólo para decirme cómo viene el agua que, de política, no tiene ni puñetera idea”. Por supuesto, el “pollster” se limitó a tomar el pulso de la calle y el político ganó varias elecciones.
La anécdota viene al caso porque entre los accidentes de la alternancia mexicana y como muestra del clima prevaleciente de mediocridad intelectual, algunos locutores, declarantes y encuestadores se han vuelto intérpretes de una realidad social, electoral y política que rara vez entienden, que explican mal y, por lo cual, en lugar de aclarar las cosas contribuyen alegremente a la enorme confusión respecto de lo que pasa en México por estos días.
En efecto, una parte de quienes se dedican a hacer encuestas en México tienen al parecer conocimientos estadísticos o matemáticos pero, con las excepciones de rigor, su entendimiento de la ciencia política, de la sociología o, al menos, de la historia de las transiciones de regímenes autoritarios a democracias tempranas en diversas partes del mundo es equivalente al que la Madre Teresa tenía acerca de las mafias de Nueva York. De allí que con total desparpajo algunos afirmen que el griterío de AMLO tras la elección del 2 de julio es “normal” y hasta “obligado”, cuando en verdad, si miraran el episodio con un poco más de rigor y cierta sofisticación intelectual, coincidirían en que se trata de un comportamiento lesivo para la democracia, para la credibilidad política y para la confianza de la ciudadanía en las instituciones públicas. Pongamos el asunto en un contexto apropiado.
La historia es conocida: el ex candidato del PRD ha decidido impugnar la elección ante el tribunal federal solicitando un recuento total de los votos y, en su caso, la declaración de invalidez de los comicios. Hasta allí el movimiento es no sólo perfectamente legal sino plausible en la medida en que, a diferencia del pasado cercano y lejano, las inconformidades electorales pueden procesarse dentro del marco legal e institucional establecido.
Pero, al mismo tiempo, dicho ex candidato ha montado una estrategia de presión con la finalidad de, por un lado, fabricar un claro clima de intimidación hacia los magistrados del tribunal que se constituya en un factor de presión en las decisiones que tomen y, por otro, manipular a sus bases partidistas mediante un discurso agresivo y radical, siempre útil en la arraigada tradición del machismo político mexicano. Las preguntas pertinentes son, por tanto, tres: la estrategia del candidato derrotado ¿es eficaz para los intereses de mediano y largo plazo de la izquierda partidista? ¿fortalece o debilita la legitimidad de los procesos políticos?, y ¿mina o incrementa el papel de la cultura política en la consolidación democrática e institucional? Veamos.
Se ha escrito hasta la saciedad que una de las razones más importante del fracaso electoral de Amlo fue justamente el haber decapitado no sólo a sus principales mentores políticos sino también a quienes formaban la estructura relativamente avezada de operación electoral y política del PRD, integrada por los dirigentes originales de esa formación y por sus tribus concomitantes.
A cambio, López reunió un equipo paralelo compuesto, por una parte, por ex priistas con poca experiencia de éxito electoral (salvo uno, todos han perdido en elecciones y en competencias políticas), y, por otra, con algunos incondicionales del ala más primitiva de su partido. La conclusión es que, por lo visto, las redes ciudadanas no funcionaron, su representación ante las casillas apenas superó el 60% en todo el territorio, la capacitación electoral fue nula, los estudios de opinión con que trabajaron fueron por lo menos engañosos y la llamada estrategia política brilló por su ausencia. En suma: el apreciable resultado electoral de López y su equipo fue, sin duda, a pesar de sí mismos.
Pero el dilema al que ahora se enfrenta el PRD es cómo traducir ese caudal de votos —el mejor desde su fundación— en un capital político permanente que asegure, por vías no caudillistas, su eficacia y su peso como segunda fuerza; es decir, cómo institucionalizar su competitividad como lo han hecho históricamente el PRI —en sus buenos tiempos— y ahora el PAN. La táctica de López gravita justamente en un sentido contrario y puede ser letal para el propio PRD. ¿Por qué? Primero: una vez que el Trife confirme, como parece, el triunfo de Calderón, la izquierda resentida con López empezará a cobrarle las cuentas de la derrota, alentará una purga al interior del partido (iniciando con los externos), y la lucha por el poder, en la mejor tradición estalinista, va a ser brutal, entre otras cosas porque las fuentes de poder se trasladarán del candidato vencido al nuevo gobierno del DF, a los gobiernos estatales de extracción perredista (ninguno realmente afín a López) y a las bancadas parlamentarias.
La segunda razón es que la percepción de violencia largamente asociada al PRD se ha agudizado ahora y en una operación de limpieza la figura de López es por completo disfuncional.
En tercer lugar, el PRD, si quiere aprovechar su situación política actual, tiene que reconstruir sus relaciones y alianzas económicas, políticas y sociales, ahora profundamente deterioradas a consecuencia de las sistemáticas agresiones de López contra de esos factores reales de poder.
Y la cuarta es que, tras el desastre programático de la campaña, debiera quedarles claro que una izquierda que funcione tiene que ser una izquierda moderna, civilizada y democrática. Las encuestas más recientes indican que, para el interés de largo plazo del PRD, Amlo se ha convertido ya en un pesado lastre.
Por otra parte, la violenta reacción del ex candidato del PRD, explicable psicológicamente pero fuera de toda proporción democrática y de sentido común, ¿afecta la legitimidad deseable de los procesos políticos y daña la creación de una cultura cívica y política moderna y funcional en México? La respuesta es necesariamente afirmativa y mañana examinaré porqué.
otto.granados@itesm.mx
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=252103


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